Érase una vez un niño que vivía en un palacio encantado.
Érase una vez una niña que vivía en una amapola.
El niño soñaba con tener un juguete nuevo, y lo tenía.
La niña soñaba con que él la mirara una vez.
El niño soñaba con un viaje, y lo tenía.
La niña soñaba con que él la sonriera.
El niño soñaba con una mascota, y la tenia.
La niña soñaba con que él supiera su nombre.
El niño soñaba con un libro nuevo, y lo tenía.
La niña soñaba con que él la descubriera.
El niño soñaba con un reloj nuevo, y lo tenía.
La niña soñaba con que él la besara.
El niño soñaba con un coche más grande, y lo tenía.
La niña soñaba con que él la cogiera de la mano.
El niño soñaba con unos zapatos nuevos, y los tenia.
La niña soñaba con que él la abrazara.
El niño soñaba con una nueva aventura, y la tenia.
La niña soñaba con acercarse a él.
El niño soñaba con aquello que no tenía, y lo tenía.
La niña soñaba con un día más con él.
Un día la magia del palacio se acabo y con ella la posibilidad de que se cumplieran los deseos del niño.
Vagó por los aposentos, los comedores, las habitaciones, los salones, las terrazas, hasta llegar al jardín donde vio una amapola marchitándose.
La niña moría con su amapola que tanto la había visto sufrir por no conseguir lo que tanto anhelaba: la atención del niño.
Al ver a la niña, él se enamoró y deseó con todas sus fuerzas que ella viviera, tener un día para conocer a aquella que había vivido tan cerca de él y a la vez tan lejos sin que él se diera cuenta. Deseó tener la oportunidad de quererla.
Pero al palacio no le quedaba nada de magia, se había agotado toda en sus caprichos. Sin más tiempo que ese instante, la niña sonrío y murió.


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