Daba las buenas noches a sus padres, se lavaba los dientes, rezaba sus oraciones y se metía en la cama, esperando esa noche poder soñar…
Pero al despertarse al día siguiente no recordaba ninguna aventura imaginada, ninguna travesura realizada, ningún miedo pasado… ¡No había soñado!
Sus amigos no le entendían… “Será que no recuerdas tus sueños, pero ¡si habrás soñado!”_ le decían.
Pero pasaban los días y a estos les seguían sus noches. Y nada, el niño no soñaba… Cada día sentía más vacío porque sus fantasías no encontraban escapatoria de su subconsciente, sus ilusiones irrealizables no se materializaban en imágenes tras sus párpados… No podía soñar.
Cada día que transcurría, el niño se apagaba, se tornaba más gris, sin vida, sin alegría… Hasta que se enfrió su piel, sus ojos perdieron luz, su cuerpo no podía moverse, pero su cerebro funcionaba… ¡Se había convertido en estatua!
Una estatua bellísima de un niño inocente, paralizado en medio de un juego ¿tal vez de piratas? Con sus cabellos revueltos, un ápice de travesura en sus ojos sin color, una mano levantada en busca de algo perdido…
He aquí que una lucecita esmeralda se acercó. Parecía una luciérnaga iluminando la noche oscura que rodeaba a la estatua solitaria. Era un hada que centelleaba como la luz de una sonrisa: brillante, espontánea, cálida… Se posó en la mano alzada de la estatua. A saltitos, como si danzara al son de una melodía misteriosa que solo ella escuchaba, se acercó a la cara del infante. Curiosa miró a los ojos vacíos de luz y preguntó:
_ ¿Quién eres?_ La estatua calló.
_ ¿Qué haces aquí? _ Pero la estatua persistió en su mutismo.
_ ¿Juegas conmigo?_ El silencio reinaba en el jardín…
Pese a su frustración, la estatua le escuchaba pero no podía responder a la diminuta damisela pues sus labios no se movían…
El hada frunció el ceño y decidió ignorar a tan aburrido ser. De repente vio un ligero movimiento en la punta de los dedos de la estatua. Al percibir aquel pequeño indicio de vida, la mágica criatura voló hasta la mano alzada y allí se posó. Sentada, intentó buscar algún signo más de vida en su extraño compañero pero no lo halló.
Desilusionada pero con ganas de hacer travesuras, cansada de tan aburrida vida diurna, encaprichada con ese extraño ser que sin parecer vivo, se hacía sentir… el hada caviló y decidió hacer el ultimo intento.
Sobrevoló la estatua iluminándola con su resplandor verdiagua y la cubrió con sus mágicos polvos de hada.
El niño ante todo esto no podía hacer nada. Al ver la lucecita danzar a su alrededor sintió al principio temor, después curiosidad, y por ultimo agradecimiento por esa inesperada compañía que rompía la monotonía de sus largas noches a solas.
Pero, de repente, para el niño, el mundo empezó a crecer, a hacerse grande, enorme. Ya no veía las copas de los árboles, el musgo del pedestal era ahora una enorme alfombra verde, las flores parecían paraguas que protegían del refrescante rocío, y las briznas de hierba diminutas antes, ahora parecían afiladas espadas empuñadas al aire…
Se dio cuenta de que el mundo no había crecido, él se había empequeñecido… Tenia el tamaño de un botón, aquellos que había perdido mil veces jugando y por los que tantas veces su madre le había regañado… ¡Era como un botón! Sonrió para sí.
De repente descubrió que al ser más pequeño, ahora podía ver bien a la lucecita que no era tal: era una niña… Cabellos cortos y castaños entrelazados con florecillas, ojos miel que le miraban como desde otro mundo, una sonrisa que traspasaba el alma, un cuerpecito frágil y diminuto pero bien formado que terminaba en unas manos que su padre hubiera comparado a las de un pianista, y unos delicados piececitos enfundados en unas babuchas verdes. La niña vestía un vestidito que parecía volar a su alrededor, acariciarla sin tocarla, se veía y no se veía a la vez… Además tenia a su espalda, como decorándola, unas preciosas alas que bien podían haber sido de la mas bella mariposa. Tan joven y el niño sentía el pinchazo del primer amor… dulce, platónico, transparente pero le hacia sorprenderse ante la grandeza de lo que sentía su corazón.
La niña se le acercó y sonrió. Le dijo algo en un idioma que no entendió pero que le recordaba al arrullo del agua límpida de la fuente de su jardín. Quiso responderle y decirle que no la entendía, pero las palabras no acudieron a su garganta. Una, dos, tres y hasta diez veces lo intentó, pero en vano. No emitió ningún sonido. Privado de su voz, se sonrojó. Quería decirle mil cosas a esa niña que le hechizaba pero su mente también se bloqueó: nada concreto acudía a su imaginación para inspirarle.
Entonces lo sintió: el frescor de la noche, la luz de la luna, el sonido de los pájaros, el canto de los grillos, el olor de la hierba… Sentía el mundo que le rodeaba… ¡¡Volvía a estar vivo!!
La niña le acompañó a descubrir las maravillas de ese jardín que durante tanto tiempo le hizo sentirse prisionero… Le llevó a la flor más alta y hermosa donde se tumbaron a observar las estrellas. El niño divisó una estrella fugaz y deseó que ese instante no acabara jamás.
¡En ese momento una sombra apareció! Era el Sr. Saltamontes, un sabio del jardín que les explicó mil cosas que el niño no pudo entender pero que a la niña le hicieron reír: una risa natural, divertida, cristalina e infantil. Esa risa despertó a una ratita que dormía en su madriguera cercana… No era nada parecida a la Ratita Presumida de los cuentos: era grisácea, de largos mostachos y ojos pequeños, le recordó mucho a cierta profesora que tuvo… La ratita se acercó y entablaron una animada conversación los tres. El niño era mero espectador de tal inusual escena, puesto que seguía sin entender nada… El hada cayó en ese instante en la cuenta de ese detalle, y le cogió suavemente de la mano… ¡De repente el niño entendía todo lo que decían! Hablaban de las novedades del jardín: del enfado del jardinero al ver que las galerías de los topos aumentaban en cantidad y tamaño, los Sres. Golondrina habían tenido pequeñuelos, habían llegado nuevos conejillos que se habían mudado a la madriguera contigua a la de la ratita… Horas y horas charlando, pero el niño solo escuchaba, no podía opinar puesto que seguía sin voz…
Se acercaba el amanecer y el hada le llevó al estanque donde pudieron refrescarse, chapotear y jugar a salpicarse. Cansados, se sentaron juntos en la orilla. No podían decirse nada pero sus miradas se entendían. El le cogió la mano y se la llevo al corazón. Ella sonrió de tal forma que iluminó el jardín…
… de un resplandor cegador.
El niño tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos, no reconoció donde estaba. El jardín, el estanque, la luna… y aun peor, el hada, habían desaparecido.
Se encontraba en su cama, en su habitación… Volvía a tener su tamaño natural, su piel bronceada y voz… Ya no era una estatua…
Se levantó y se fue corriendo al espejo. Se miró fijamente, cerró los ojos… Al abrirlos se dio cuenta de que ¡por fin! había soñado…
Desde entonces hasta ahora, cuando ve una estrella, se acuerda de esa lucecita verdosa y cantarina que le devolvió un tesoro: poder soñar…
Y cada noche, antes de dormirse, susurra estas palabras: “Dulce niña, acude a mis sueños”…
sitaB



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Junio 8, 2008 a 10:05 am
Pilinguiña
Me ha gustado mucho.